Ribera del Duero, un oasis vinícola repleto de diversidad

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Cualquier aficionado al vino al que se le pida describir uno de la D.O. Ribera del Duero con un par de adjetivos utilizará, muy probablemente, términos como “tinto”, “estructura”, “crianza”, “color”, “Tempranillo” o “crianza en madera”. Son acepciones que definen con bastante exactitud un estilo muy específico de vino que ha hecho a esta región castellana una de las más relevantes a nivel internacional desde finales del siglo pasado, cuando críticos y prescriptores pusieron sus ojos en ella al albor del nacimiento de la Denominación de Origen Ribera del Duero en 1982. 

Sin embargo, reducir esta extensa zona a un determinado perfil de vino es obviar la diversidad y complejidad de una de las regiones vinícolas más vibrantes, completas y heterogéneas de Europa. Una diversidad cada vez más presente en la cabeza de viticultores, enólogos y consumidores que ha provocado que, en los últimos años, la D.O. Ribera del Duero viva una auténtica revolución en busca de su origen, su territorio y otras formas de elaborar vino donde la frescura, la elegancia y la sutileza son valores en alza. 

Eso no quiere decir que aquí no se sigan elaborando tintos con una estructura y tanicidad capaz de desarrollar una larga vida por delante, pero lo que Ribera del Duero trata de decirle al mundo es que sus viñedos, su tierra, su clima y la gente que vive y trabaja allí es también capaz de entregar otros estilos de vino al mercado con el fin de satisfacer a todo tipo de aficionados. Por ello, en este artículo vamos a desgranar las virtudes de este oasis vitivinícola castellano capaz de entregarnos vinos para todo tipo de perfiles de aficionados y para cualquier situación.

Un río, cuatro provincias

La Denominación de Origen Ribera del Duero se extiende a lo largo de una franja de unos 115 kilómetros de longitud que sigue el cauce del río Duero a su paso por cuatro provincias castellanas: Soria, Burgos, Segovia y Valladolid. Aunque, en términos generales, todas ellas comparten un clima mediterráneo con clara influencia continental, la altitud, la orografía y la historia vinícola de cada zona marcan perfiles de vinos muy diferenciados. 

Soria: viñedo viejo y altitud extrema

Ubicada en el extremo oriental de la D.O., la provincia soriana es la más fría, agreste y elevada de todas las que conforman esta gran región vitivinícola. Aquí, los viñedos pueden superar los mil metros de altitud, una circunstancia que tiene su máximo exponente en el famoso valle de Atauta. Es una zona también en la que sobreviven multitud de cepas que no fueron atacadas por la plaga de la filoxera, por lo que algunas superan ampliamente los cien años de edad. Son joyas plantadas en pie franco (esto es, sin portainjerto americano) sobre suelos de arena y caliza, más resistente a esta amenaza del campo. Los vinos que se obtienen de esta tierra están marcados, por lo general, por su marcada acidez natural, sus taninos afilados, sus notas terrosas y una frescura casi balsámica. 

Burgos: el corazón ribereño

La provincia de Burgos concentra la mayor superficie de viñedo de toda la D.O. Aquí se encuentran algunos de los municipios más emblemáticos de la región, como Roa, La Horra o Pedrosa de Duero, entre otros muchos. Los suelos combinan arcillas rojas densas con capas calizas en laderas expuestas, y de aquí nacen históricamente los vinos más estructurados, profundos y con mayor potencial de envejecimiento. Es donde la Tempranillo exhibe músculo, tanino y una fruta negra más exuberante. 

Valladolid: la cuna histórica del valle

Alrededor de los municipios de Peñafiel, Pesquera de Duero y Valbuena de Duero se asienta el epicentro que vio nacer la historia más moderna de la región. Con viñedos ubicados entre terrazas fluviales y páramos calcáreos, los tintos que nacen en esta parte del territorio de la D.O. suelen mostrar una gran finura aromática, gran equilibrio y una textura muy sedosa. 

Segovia, un rincón arenoso y vertical

Aunque cuenta con una extensión menor de viñedos dentro de la D.O. ocupando el extremo suroeste de la misma, la provincia de Segovia es un tesoro de viñedos muy viejos plantados sobre arenas silíceas y gravas. Esta arena protegió a muchas de sus cepas de la filoxera, y tienen la capacidad de ofrecer al mundo vinos de trago más fluido, con taninos dóciles y un perfil muy gastronómico.

La altitud y el suelo como factores diferenciadores 

Al margen de las regiones administrativas, lo que de verdad define el carácter de cada vino etiquetado con la tirilla de la Denominación de Origen Ribera del Duero es la topografía, entendida como la combinación de la altitud y la composición del suelo.

Hay que tener en cuenta que la Ribera del Duero se sitúa en una meseta alta cuyas altitudes oscilan entre los 720 y los 1.100 metros. Esta altitud es la responsable de uno de los mayores tesoros agronómicos de la región: la famosa oscilación térmica diaria. Y es que durante el periodo de maduración estival, el termómetro puede marcar más de 35 grados a mediodía y desplomarse hasta cerca de los 10 grados al caer la noche. Este contraste lo que hace es ralentizar la degradación de los ácidos naturales de la uva, preservando los aromas frescos y favoreciendo una maduración fenólica impecable sin que los vinos resulten pasados ni sobremaduros.

Además, los diferentes tipos de suelos acaban por moldear la arquitectura del vino. De esta forma, los suelos arcillosos retienen mejor el agua y aportan a los vinos corpulencia, estructura tánica, peso en boca y volumen. Los suelos calcáreos y de calizas aportan más tensión, mineralidad, sensación de tiza en el paladar y una acidez vibrante que alarga el final en boca. Y finalmente, los suelos arenosos y cascajosos (aluviales) ofrecen un drenaje más rápido, limitan el vigor de la cepa y suelen dar pie a vinos más aromáticos, florales, con taninos más suaves y más frescura.

Variedades: mucho más que Tempranillo 

Conocida en Ribera del Duero como Tinto fino, la Tempranillo es sin duda la uva reina de la región, ya que representa prácticamente el 96% del viñedo plantado. Esta variedad se ha adaptado a la dureza del clima castellano reduciendo el tamaño de sus racimos y bayas y engrosando su hollejo (piel), que es el que concreta el color, los taninos y los componentes aromáticos de la uva. 

Sin embargo, el patrimonio varietal de la D.O. Ribera del Duero no termina con su uva más insigne. Las variedades francesas Cabernet Sauvignon, Merlot y Malbec fueron introducidas a mediados del siglo XIX por algunas bodegas históricas y forman parte también del ADN histórico de la D.O. La primera aporta longevidad y notas especiadas, la segunda entrega sedosidad y notas de fruta negra confitada, y la tercera da profundidad de color y una viva acidez.

Por su parte, la Garnacha Tinta, tradicionalmente presente en las viñas más antiguas mezclada al azar con la Tempranillo, vive hoy una edad dorada por su capacidad para aportar fruta roja, notas florales y dar fluidez a los ensamblajes siempre que esté bien trabajada. 

Y no podemos olvidar a la Albillo Mayor, la uva blanca autóctona de la D.O. Ribera del Duero, utilizada tradicionalmente para suavizar la rusticidad de algunos tintos o para elaborar claretes de consumo local. Es una uva con una piel gruesa, maduración temprana y una llamativa carga aromática y glicérica, siendo fundamental para la elaboración de blancos complejos y gastronómicos. Por cierto, una curiosidad. No hay que confundir esta variedad con la Albillo Real, aunque comportan nombre genérico, ya que son dos uvas genéticamente diferentes, teniendo la Albillo Mayor potencial polifenólico y acidez, lo que permite envejecer a sus vinos con distinción. 

Perfiles de vinos

Como hemos dicho, la realidad actual de la D.O. Ribera del Duero está lejos del estereotipo del vino tinto con una tipología de crianza muy definida. Actualmente, el pliego de condiciones del Consejo Regulador de esta Denominación de Origen ampara una gama de estilos capaz de satisfacer momentos de consumo de lo más diversos. 

Blancos: la gran conquista del Albillo Mayor 

Durante décadas, la Ribera del Duero fue legalmente una zona exclusivamente productora de tintos y rosados. La gran novedad llegó a finales de 2019, cuando el Consejo Regulador aprobó oficialmente la elaboración de vinos blancos bajo el sello de la D.O.

Para poder mostrar el nombre de D.O. Ribera del Duero en su contraetiqueta, estos vinos deben elaborarse al menos con un 75% de Albillo Mayor, aunque eso no es un problema para muchos elaboradores, que optan por crear monovarietales al 100%. 

Estos vinos, lejos de ser ligeros y de consumo inmediato, suelen ser blancos con una rica textura, cuerpo glicérico, aromas de fruta de hueso, manzana asada, notas amieladas y toques de hinojo. Generalmente se crían sobre lías o en barricas de roble y fudres, y destacan por su buena longevidad y vocación para acompañar todo tipo de platos, desde pescados grasos hasta arroces y carnes blancas. 

Rosados y el renacer del clarete

El rosado, que fue el vino más característico de la región incluso antes de que sus tintos empezaran a ser mundialmente conocidos, está viviendo también en los últimos años un espectacular renacer. El rosado histórico de la zona está elaborado habitualmente mediante la técnica del sangrado o prensado directo y para su obtención se debe utilizar al menos un 50% de variedades tradicionales tintas autorizadas.

Sin embargo, junto a los rosados de tonalidades más pálidas, que marcan actualmente la pauta del mercado, muchos productores están rescatando la elaboración ancestral del clarete, un tipología de vino rosado nacido de la cofermentación de mostos de uvas tintas y blancas cosechadas al mismo tiempo a partir de viñedos viejos en los que conviven tanto variedades de uno como de otro tipo.

Estos vinos suelen ofrecer un color rubí translúcido y una acidez vibrante, junto con una fruta crujiente y una sapidez irresistible que los convierte en auténticos comodines gastronómicos para tapear, acompañar embutidos de la zona o reconfortantes platos de cuchara. 

Tintos con distintos enfoques 

Los tintos, en cualquier caso, siguen representando la mayoría de los vinos elaborados dentro de la D.O. Ribera del Duero. Existen tintos varietales cuya composición es 100% Tempranillo, y otros que, aunque puedan estar mezclados con uvas como la Cabernet Sauvignon, Garnacha Tinta, Merlot, Malbec o Albillo Mayor, deben contar con un mínimo de 75% de Tempranillo en su composición.

Teniendo esto en cuenta, existen dos grandes corrientes de tintos ribereños, una basada en la clasificación tradicional por tiempos de crianza y otra nueva corriente más vinculada al terruño. 

La clasificación tradicional

En base a los tiempos de crianza, podemos encontrarnos en el mercado cuatro grandes categorías de tintos de la D.O. Ribera del Duero.

  • Cosecha: son los vinos más jóvenes, aquellos que o bien no han tenido paso por madera o bien su paso por barrica ha sido de apenas unos pocos meses (es lo que se conoce como “Roble”). Aquí la fruta primaria pesa más que cualquier otro elemento que podamos percibir en cata.
  • Crianza: Los vinos catalogados como “Crianza” deben tener un mínimo de 24 meses de envejecimiento, de los cuales al menos 12 deben ser en barrica de roble. En general, son vinos en los que la fruta y los aromas tostados aportados por la madera conviven en perfecto equilibrio.
  • Reserva: Estos vinos tienen un mínimo de 36 meses entre barrica y botella, de los cuales al menos 12 deben ser en madera. Aquí encontraremos mayor complejidad cuando nos los llevemos a la boca, lo que se puede comprobar en las notas de cuero, tabaco, especias y fruta madura que podremos percibir.
  • Gran Reserva: los vinos categorizados como “Gran Reserva” suelen proceder de añadas excepcionales y deben haber tenido al menos 60 meses de envejecimiento total, de los cuales al menos 24 habrán sido en madera. Se trata de la cúspide de la elegancia, con vinos con unos taninos aterciopelados y una finura reservada al paso del tiempo. 

La nueva corriente parcelaria 

Como hemos comentado, cada vez existen más elaboradores que prefieren dar más importancia al origen que a la crianza. En esta tipología de vinos, el impacto del roble queda atenuado, ya sea porque los productores llevan a cabo las crianzas en otro tipo de materiales como el acero inoxidable o el hormigón, o porque la realizan en recipientes de mayor tamaño, en el que el impacto de la madera queda relegado a un papel secundario. 

El foco en este caso no está por tanto en el tiempo que el vino pasa en bodega, sino en reflejar la identidad de un municipio concreto o de un un viñedo único, buscando un trago ágil, fresco, de menor graduación y máxima pureza varietal, factores demandados por muchos consumidores actuales. 

Un lugar para todos

Teniendo en cuenta los elementos citados anteriormente, podemos comprobar que la realidad actual de la D.O. Ribera del Duero es un mosaico impresionante de estilos y opciones para cualquier tipo de consumidor, y que redescubrir esta parte de nuestro país pasa por liberarse de cualquier prejuicio, dejándose llevar y sorprender por su heterogeneidad. 

Así pues, la próxima vez que descorches una botella procedente de esta región, te invitamos a fijarte en el origen de su uva, en la altitud de su viña y en el lugar y el tiempo que ha reposado hasta llegar a tus manos. Comprobarás que bajo un mismo sello late una de las zonas más plurales, dinámicas e inagotables del panorama vinícola mundial. Y es que en Ribera del Duero, seas el tipo de aficionado que seas, resulta imposible equivocarse.

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A pesar de ser de Teruel, no me gusta el frío. En 2011 me licencié en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y he trabajado en medios como la Agencia EFE o Unidad Editorial. En 2013 me incorporé al equipo de Contenidos de Bodeboca y desde entonces he aprendido mucho sobre el mundo del vino y los destilados, el cual forma parte de mi día a día. Actualmente soy el Content Lead de Bodeboca y coordino a un apasionado grupo de redactores. Me encantan también el fútbol, el cine, descubrir nuevos restaurantes y viajar.